martes, 19 de marzo de 2019

Stevens, surrealismo

El defecto fundamental del surrealismo es que inventa sin descubrir. Hacer que una almeja toque el acordeón es inventar, no descubrir. La observación del inconsciente (en el medida en que quepa observarlo) debería revelar cosas de las que no éramos conscientes antes, no las cosas familiares de las que éramos conscientes con el añadido de la imaginación.

Wallace Stevens
Aforismos completos
Lumen 2011

(con parte de razón, conforme a otra tesis de integración de la imaginación en la realidad, pero se discrepa, en el bien entendido de separar el grano de la paja en el movimiento)

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Aldo Pellegrini, contradicción

SOBRE LA CONTRADICCIÓN
I. Si extiendo la mano encuentro una puerta
si abro la puerta hay una mujer
entonces afirmo que existe la realidad
en el fondo de la mujer habitan fantasmas monótonos
que ocupan el lugar de las contradicciones
más allá de la puerta existe la calle
y en la calle polvo, excrementos y cielo
y también ésa es la realidad
y en esa realidad también existe el amor
buscar el amor es buscarse a sí mismo
buscarse a sí mismoo es la más triste profesión
monotonía de las contradicciones
allí donde no alcanzan las leyes
en el corazón mismo de la contradicción
imperceptiblemente
extiendo la mano
y vivo.

II. Cuando un personaje vestido de negro se arroja a un abismo
otro vestido de rojo sube a un carruaje
he ahí el misterio que no se solucionará jamás
una acción alternativa llena de malignidad
cuando florecen los olivos
fructifican los nuevos sistemas filosóficos
la señora Victoria se hace teñir los cabellos
y los desocupados comentan la frecencia de los suicidios entre matemáticos
nadie debe ignorar las bellezas de la vida
las antorchas de los cálculos bancarios
ilumina apenas la idea de la grandeza humana
atropellando a un señor con una flor en el ojal
a un par de enamorados cubiertos de piojos
deliciosos bosques incendiados, ríos desbodantes de orgullo
atropellando mi amor mi odio mi alegría mi fastidio
corriendo desesperadamente
a la zaga de nada
yo vivo.

Aldo Pellegrini
LA VALIJA DE FUEGO

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Aldo Pellegrini, surrealismo

La realidad nos cambia y nosotros cambiamos la realidad. Esta interacción dialéctica constituye la esencia de todo conocimiento, tanto científico como poético. El surrealismo está con quienes sostienen ese principio. Pero con quienes lo sostienen hasta sus últimas consecuencias. La realidad nos cambia y nosotros cambiamos la realidad. Ese infinito fluir en que consiste el conocimiento sólo puede puede ser dado íntegramente por la poesía. Y la poesía lo da mediante la imagen que produce y destruye a sí misma, dejándonos la luz del conocimiento. Sólo cuando la imagen es combustión puede iluminar la realidad.

La realidad nos cambia y nosotros cambiamos la realida. Este proceso no se detiene nunca. Pero el hombre de ciencia quiere contenerlo mediante diques y para ello inventa los esquemas racionales. El agua de la realidad atraviesa todos los diques y en última instancia quedan esquemas vacíos. Los poetas siempre han tenido conciencia de esto. Novalis ha dicho "El poeta comprende la Naturaleza mejor que el sabio" ¿En qué consiste este comprender mejor? En que la realidad es captada de modo total como síntesis de sujeto y objeto.

El surrealismo cree, pues, en una realidad sin límites. Su terreno de investigación es lo desconocido ilimitado. Si al fin el conocimiento resulta de la participación del hombre en el cosmos es necesario buscar en la más profunda inmersión en sí mismo la fuente de toda sabiduría. Poséete a tí msmo es la base del conocer. En el fondo de sí mismo encuentra el hombre la puerta que se abre al mundo y a través de sí se despersonaliza, se universaliza.

Hay que penetrar muy hondo en el propio espíritu para lograr abandonar la cárcel del yo racional, cárcel sin aberturas, desde cuyo interior toda proyección hacia el mundo es imposible.

Admitir como real sólo las apariencias sensibles equivales a reducir el muno y limitar las posibilidades del hombre. Toda la historia de la ciencia revela la lucha permanente contra los límites que significan las apariencias de las cosas, con objeto de apresar lo que en última instancia constituye lo real.

Pero esta última instancia, aunque parece estar al alcance de la mano, huye cuando se intenta asirla. Si los hombres de ciencia no tuviera el íntimo convencimient de que no hay límites para la realidad, todo camino de avance se habría agotado. Pero la ciencia que avanza por pasos, siempre plantea un nuevo límite.

El surrealismo trabaja directamente sobre lo infinito concebido como concreto.

Aldo Pellegrini
Para contribuir a la confusión general

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Se llama poesía todo aquello que cierra la puerta a los imbéciles

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Pajak, Breton, Nadja

Para Breton, Nadja no sólo personificó a la mujer surrealista; fue también, o antes que nada, un personaje literario ¿Acaso no había escrito él mismo un año antes, en la Révolution surrealiste: "¿Y qué importa si a través del camino de las palabras hemos creído poder recuperar la inocencia primera?"

Unos días antes, Nadja le vio venir y exclamó: "¡André! ¡André! escribirás una novela sobre mí. Te lo aseguro. No digas que no. Pero cuidado, porque todo se debilita, todo desaparece. Es necesario que algo quede de nosotros..."

Le enseña alguna notas sobre ella. Nadja se siente ofendida: "¿cómo ha podido usted escribirme tan mezquinas deducciones de lo que fuimos nosotros, sin que se extinga su aliento? Es la fiebre. ¿verdad?, o eo mal tiempo, lo que le vuelve tan ansioso e injusto. ¿Qué he hecho yo de malo para ver mis sentimientos mejores y más nobles perderse en su cólera? ¿cómo he podido leer esa acta, vislumbrar ese retrato inhumano de mí misma, sin rebelarme, ni llorar siquiera?"

Frederic Pajak
Manifiesto incierto 2
Ed. Errata Naturae 2017

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Breton, Elouard, Inmaculada concepción

Róbale el sentido al sonido, 
hay tambores velados 
hasta en las vestiduras claras.
(André Breton - Paul Eluard
LA INMACULADA CONCEPCIÓN)

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André Breton

Es allí donde hace años pretendí que se buscara la belleza nueva, la belleza "considerada exclusivamente con fines pasionales”. Allá, en lo más profundo del crisol humano, en esa región paradójica donde la fusión de dos seres que realmente se han elegido, restituye a todas las cosas los colores perdidos del tiempo de los antiguos soles, y donde, no obstante, también la soledad causa estragos por una de esas fantasías de la naturaleza, pues alrededor de los cráteres de Alaska hace que la nieve permanezca debajo de la ceniza.

Confieso sin la menor confusión, mi profunda insensibilidad ante la presencia de espectáculos naturales y obras de arte que no me provocan repentinamente un problema físico caracterizado por la sensación de un relámpago de viento en las sienes, susceptible de ocasionar un verdadero escalofrío.

Jamás pude impedirme establecer una relación entre esta sensación y aquella del placer erótico, y sólo descubro entre ellas diferencias de grado.

Aunque no logre jamás agotar por el análisis los elementos constitutivos de ese problema (en efecto, él debe sacar partido de mis más profundas represiones) por lo que yo sé de eso, me asegura que allí sólo reina la sexualidad.

Ni qué decir que en esas condiciones, la emoción muy especial de la que se trata, puede surgir para mí en el momento más imprevisto y estar provocada por algo o por alguien que en el conjunto no me resulta particularmente querido.

Se trata manifiestamente de este tipo de emoción y no de otra, insisto en el hecho de que es imposible equivocarse; verdaderamente es como sí me hubiera perdido, y de repente alguien viniera a darme noticias acerca de mí mismo.

La belleza convulsiva será erótico-velada, explosivo-fija, mágico-circunstancial, o no será

André Breton
Amor loco
(L'amour fou, 1937)
Foto animada

martes, 12 de marzo de 2019

Cantos de Maldoror, fragmentos y viñetas Lautreamont, Hernández Palacios

CANTO PRIMERO
RUEGO  al  cielo  que  el  lector,  animado  y  momentáneamente  tan  feroz  como  lo  que  lee, encuentre,  sin desorientarse,  su camino abrupto y salvaje, a  través  de  las  desoladas  ciénagas  de estas  páginas  sombrías  y  llenas  de  veneno,  pues,  a  no  ser  que  aporte  a  su  lectura  una  lógica rigurosa  y  una  tensión  espiritual  semejante  al  menos  a  su  desconfianza,  las  emanaciones mortales  de  este  libro  impregnarán  su  alma  lo  mismo  que  hace  el  agua  con  el  azúcar.  No  es bueno  que  todo  el  mundo  lea  las  páginas  que  van  a  seguir;  sólo  algunos  podrán  saborear  este fruto  amargo  sin  peligro. 



En  consecuencia,  alma  tímida,  antes  de  que  penetres  más  en semejantes  landas  inexploradas,  dirige  tus  pasos  hacia  atrás  y  no  hacia  adelante,  de  igual manera  que  los  ojos  de  un  hijo  se  apartan  respetuosamente  de  la  augusta  contemplación  del rostro  materno;  o,  mejor,  como  durante  el  invierno,  en  la  lejanía,  un  ángulo  de  grullas friolentas   y  meditabundas  vuela  velozmente  a  través  del  silencio,  con  todas  las  velas desplegadas,  hacia  un  punto  determinado  del  horizonte,  de  donde,  súbitamente,  parte  un viento  extraño  y  poderoso,  precursor  de  la  tempestad.  La  grulla  más  vieja,  formando  ella  sola la  vanguardia,  al  ver  esto  mueve  la  cabeza,  y,  consecuentemente,  hace  restallar  también  el pico,  como  una  persona  razonable,  que  no  es~á  contenta  (yo  tampoco  lo  estaría  en  su  lugar), mientras  su  viejo  cuello  desprovisto  de  plumas,  contemporáneo  de  tres  generaciones  de grullas,  se  agita  en  ondulaciones  coléricas  que  presagian  la  tormenta,  cada  vez  más  próxima. Después  de  haber  mirado  numerosas  veces,  con  sangre  fría,  a  todos  los  lados,  con  ojos  que encierran  la  experiencia,  prudentemente,  la  primera  (pues  ella  tiene  el  privilegio  de  mostrar  las plumas  de  su  cola  a  las  otras  grullas,  inferiores  en  inteligencia),  con  su  grito  vigilante  de melancólico  centinela  que  hace  retroceder  al  enemigo  común,  gira  con  flexibilidad  la  punta  de la  figura  geométrica  (es  tal  vez  un  triángulo,  aunque  no  se  vea  el  tercer  lado,  lo  que  forman  en el  espacio  esas  curiosas  aves  de  paso),  sea  a  babor,  sea  a  estribor,  como  un  hábil  capitán,  y, maniobrando  con  alas  que  no  parecen  mayores  que  las  de  un  gorrión,  porque  no  es  necia, emprende  así  otro camino más  seguro y filosófico.
...
Yo  hice  un  pacto  con  la  prostitución  a  fin  de  sembrar  el  desorden  de  las  familias. Me  acuerdo de  la  noche  que  precedió  a  esta  peligrosa  relación. 



Vi  ante  mí  una  tumba.  Oí  a  una  luciérnaga, grande  como  una  casa,  que  me  dijo:  «Voy  a  iluminarte.  Lee  la  inscripción.  Esta  orden  suprema no procede  de  mí.  » 



Una  vasta  luz  de  color  sangre, ante  la  cual  mis  mandíbulas  crujieron  y mis brazos  cayeron  inertes,  se  esparció  por  el  aire  hasta  el  horizonte. 
Me  apoyé  contra  un  muro  en ruinas,  pues  iba  a  caerme,  y  leí:  «Aquí  yace  un  adolescente  que  murió  tuberculoso:  ya  sabéis por  qué.  No  recéis  por  él.» 
Muchos  hombres  no  hubieran  tenido  el  valor  que  tuve  yo.  Mientras tanto,  a  mis  pies  vino  a  tenderse  una  hermosa  mujer  desnuda. 



Con  triste  gesto  le  dije:  «Puedes levantarte.»  Le  tendí  la  mano  con  la  que  el  fratricida  degüella  a  su  hermana. 



La  luciérnaga,  a mí:  «Cuídate  tú,  el  más  débil,  porque  yo  soy  la  más  fuerte.  Esta  se  llama  Prostitución». 



Con lágrimas  en  los  ojos  y rabia  en el  corazón, sentí  nacer  en mí  una  fuerza  desconocida.




  Tomé  una piedra  grande,  tras  un  gran  esfuerzo  logré  levantarla  hasta  la  altura  de  mi  pecho,  y  la  sostuve en  el  hombro  con  mis  brazos. 

Escalé  una  montaña  hasta  la  cima



  y  desde  allí  aplasté  a  la luciérnaga. 



 Su  cabeza  se  hundió  en  el  suelo  hasta  una  profundidad  de  la  talla  de  un  hombre;  la piedra  rebotó  hasta  alcanzar  la  altura  de  seis  iglesias.  Fue  a  caer  en  un  lago,  cuyas  aguas descendieron  en  un  instante,  formando  su  remolino  un  inmenso  cono  invertido.  



La  calma  se restableció  en  la  superficie,  pero  la  luz  de  color  sangre  no  brillo  más. 
«Ay,  ay»,  gritó  la hermosa  mujer  desnuda,  «¿qué  has  hecho?» 
Yo,  a  ella:  «Te  prefiero  a  ti,  pues  tengo  piedad  de los  desgraciados.  No  tienes  la  culpa  de  que  la  justicia  eterna  te  haya  creado.» 



Ella,  a  mi:  «Un día,  no  te  digo  más,  los  hombres  me  harán  justicia.  Déjame  ir  a  esconder  en  el  fondo  del  mar mi  infinita  tristeza.  Sólo  tú  y  los  monstruos  horribles  de  estos  negros  abismos  no  me despreciáis.  Eres  bueno.  



Adiós,  a  ti  que  me  has  amado.» 
Yo,  a  ella:  «¡Adiós!  ¡Adiós!  ¡Te amaré  siempre!  Desde  ahora,  abandono  la  virtud.» 



Por  eso,  oh  pueblos,  cuando  oís  el  viento de  invierno  gemir  en  el  mar  y sus  orillas,  o por  encima  de  las  grandes  ciudades  que  desde  hace mucho  tiempo  llevan  luto  por  mi,  o  a  través  de  las  frías  regiones  polares,  decís:  «No  es  el espíritu  de  Dios  el  que  pasa:  es  sólo  el  suspiro  agudo  de  la  prostitución,  junto  con  los  gemidos graves  del  montevideano.» 



Niños,  soy  yo  quien  os  lo  dice.  Entonces,  llenos  de  misericordia, arrodillaos, y que  los  hombres, más  numerosos  que  los  piojos, digan sus  largas  plegarias.
Al  claro  de  luna,  cerca  del  mar,  en  los  lugares  aislados  del  campo,  vemos,  sumergido  en amargas  reflexiones,  revestir  todas  las  cosas,  unas  formas  amarillas,  indecisas,  fantásticas.  Las sombras  de  los  árboles,  de  pronto  rápidas,  de  pronto  lentas,  corren,  van,  vienen,  con  diversas formas,  aplanándose,  adhiriéndose  a  la  tierra.  En  el  tiempo  en  que  yo  era  transportado  por  las alas  de  la  juventud,  todo  eso  me  hacía  soñar,  me  parecía  extraño,  pero  ahora  estoy  habituado. El  viento  gime  a  través  de  las  hojas  con  sus  lánguidas  notas,  y  el  buho  canta  su  grave  endecha que  hace  erizar  los  cabellos  de  quienes  lo  escuchan.  Entonces  los  perros,  que  se  han  vuelto furiosos, rompen  las  cadenas, se  escapan de  las  granjas  lejanas, corren  de  un lado  para  otro por el  campo,  presos  de  la  locura.  De  pronto  se  detienen,  miran  hacia  todos  los  lados  con  feroz inquietud,  con  mirada  de  fuego,  y  así  como  los  elefantes,  antes  de  morir,  lanzan  en  el  desierto una  última  mirada  al  cielo,  elevando  desesperadamente  su  trompa,  dejando  caer  sus  orejas inertes,  así  los  perros  dejan  caer  inertes  sus  orejas,  elevan  la  cabeza,  hinchan  su  terrible  cuello, y  se  ponen  a  ladrar  por  turno,  sea  como  un  niño  que  grita  de  hambre,  sea  como  un  gato  herido en  el  vientre  encima  de  un  tejado,  sea  como  una  mujer  que  va  a  parir,  sea  como  un  enfermo  de peste  moribundo  en  un  hospital,  sea  como  una  muchacha  que  canta  un  aria  sublime,  contra  las estrellas  al  Oeste, contra  la  luna, contra  las  montañas  que  semejan a  lo lejos  rocas  gigantes  que yacen  en  la  oscuridad,  contra  el  aire  frío  que  aspiran  a  pleno  pulmón  y  que  le  vuelven  el interior  de  su  nariz  rojo  y  ardiente,  contra  el  silencio  de  la  noche...


(Cuando Antonio Hernández Palacios recibió el encargo de ‘Los Cantos de Maldoror’ por parte de ‘Metal Hurlant’, estaba en uno de los puntos más altos de su carrera como historietista.

El objetivo de los ‘Humanoides Asociados’ parecía ser publicar tres cantos en un álbum completo. Por motivos que desconocemos, la empresa no se llevó a feliz término y la serie quedó en su primer episodio. Fue publicado en su versión francesa en la revista ‘Metal Hurlant’ en 1981, y en el año siguiente lo seria en el número 11 de la versión española de la misma revista.

Indudablemente Hernández Palacios hizo lo que pudo y en lo personal quedó satisfecho de su trabajo (enseñaba con mimo exquisito a sus amistades más apreciadas las planchas originales), pero el tema original es de compleja transcripción al cómic, o simplemente a cualquier otro medio.